Escanear la avalancha

Días complicados los que vivimos. Pasan tan rápido tantas cosas que habría que dejar registro de todo, pero resulta una avalancha difícil de “escanear”.
Sin duda, trabajar en un diario da una perspectiva distinta, casi caleidoscópica, a los acontecimientos. Aunque no se esté en el sitio de los hechos, que los reporteros con los que desayunas, almuerzas y cenas sean los testigos de violaciones a los derechos humanos en una marcha, en un ataque contra residencias, en un hospital, en una cárcel, acercan con una calidad de microscopio una realidad que golpea la cara de miles de ciudadanos cada día. Y no es una realidad ahí desgajada, es un sinfín de realidades que van minando al país, a las comunidades, a las familias de Venezuela.
La gente recurre a uno –seguro mis colegas lo certifican– para ver “qué se sabe”, “qué dicen allá”. Uno se queda con los hombros levantados porque tampoco tenemos cómo saber qué viene detrás de una avalancha. Lo que podemos es escanear la avalancha que atravesamos, tratar de detectar la porción de verdad dentro de gran cantidad de ‘presunta información’ de “yo-tengo-un-amigo-que-tiene-un-amigo-en-el-fuerte-que-su-cuñada-le –dijo-que…”.
La verdad verdadera es esa que está en la calle, en el asfalto. Esa gente valiente que sale, aun con miedo, a marchar, a dar lo que tienen por esta patria. Por ellos vale la pena seguir trabajando, ayudando desde nuestra esquina, desde nuestro pequeñito escáner de la avalancha. Dios quiera que, al menos con este registro, se haga justicia en el futuro y los historiadores puedan leer en los textos, los audios, los videos y las fotos de mis amigos, lo que aquí ocurrió y den luces para que Venezuela tenga un futuro mejor.

3 de mayo de 2017

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De fuga con Bach

Entrar al Metro por la estación El Valle que cercana al barrio San Andrés no deja de ser estresante. Uno cree que va a llegar a una meta cuando por fin entra al subterráneo, otrora oasis y ahora devenido en nuevas angustias, carteras adelante y “cuide sus pertenencias”. Pero un día de enero fue diferente: al entrar en la estación hubo un cambio de paradigmas: por los parlantes sonaba una de las fugas de Bach para órgano.

Quizás mis amigos músicos la habrían identificado ipso facto, yo en cambio me quedé como en las películas cuando los personajes entran por un espejo a otra dimensión, una matrix, otro mundo. Insistía a mis oídos que escucharan aquello que no era “normal”. Me robó una sonrisa.

En Plaza Venezuela sonaba Mozart. Recordé mi paseo por el parque de atracciones vienés donde es normal que suene su hijo predilecto mientras uno se monta en sillas voladoras. Pero aquí lo antecedió esa fuga de Bach, como en la historia, los genios se fueron sucediendo.

En una entrevista dijo el filósofo español Alfonso López Quintás: “La verdad es que la música muestra una articulación tan perfecta que se ve uno elevado al reino de la más pura belleza, que, desde antiguo, se define como “el esplendor del orden, de la forma, de la realidad bien configurada…”. No podré olvidar nunca la impresión que recibí cuando, en el pabellón alemán de la Expo de Hannover, entré en una sala cuyas cuatro paredes se habían convertido en una inmensa pantalla. De repente apareció, en ella, una pequeña orquesta tocando el primer tema de la Ofrenda Musical de Bach. Me parecía imposible que una composición tan adusta pudiera sobrecogerme de tal forma. Pero se comprende perfectamente: toda ella irradia el encanto del orden a través de sus melodías, sus armonías, su contrapunto… Cuando reina el orden, hay luz”.

Así me pasó en el Metro caraqueño con pisos sucios, con malos olores, con escaleras dañadas, con vagones llenos de polvo por fuera y llenos de gente por dentro, muchos de ellos con los valores extraviados, con la angustia del hambre, sin orden, sin esperanza, sin luz. Sin embargo, sigue habiendo música, sigue habiendo orden, vamos a la luz.

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La bitácora y el tobogán

El periodismo puede parecer efímero tanto para quien comunica como para quien se informa. La sucesión de eventos –más aún en esta era de redes sociales y globalización– es tan feroz que en pocas horas un hecho hace olvidar rápidamente lo que ocurrió en la mañana o la madrugada.

Sin embargo, el breve análisis que hace de la noticia cada día César Miguel Rondón en su programa matutino en Exitos 99.9, leído a la distancia de tres años hasta hoy, se convierte en un documento de la historia contemporánea aunque él mismo no se lo hubiera propuesto así. “Soy apenas un cronista de mi tiempo y me limito a testificar los hechos que he vivido”, dice en la introducción de País de Salida, su reciente libro publicado por Ediciones B Venezuela.

En entrevista con Shirley Varnagy confesó que él no escribe esos breves comentarios diarios, suerte de editorial que desglosa en dos o tres minutos su punto de vista sobre lo que considera noticioso aquel día. Se levanta temprano –es obvio– lee los periódicos para hacerse una idea de lo que está pasando y hace este análisis en el segmento “La noticia del día”, un poco antes de las 7:00 am. Ya en la tarde está disponible el audio y el texto transcrito en su página www.cesarmiguelrondon.com.

Rondón dice en la introducción de su libro que recopiló estos editoriales pensando en otro que escribió al empezar este régimen que ilusionó a tantos hace ya más de 17 años: País de Estreno, 37 entrevistas antes de que el destino nos alcance”. Dice el autor: “Pues no cabía duda, el país se abría a una expectativa diferente, de estreno, y el destino era una incógnita abismal. Ya sabemos de sobra lo que ocurrió…”.

Leer ahora País de Salida es montarse en una suerte de tobogán de la historia de los tres últimos años del país, desde que el señor Nicolás Maduro tomara las riendas del poder.

Digamos que es un tobogán de la indignación: César Miguel se va indignando con todo lo que ocurre y el lector se va indignando con él. Porque el lector ya vivió eso, pero se percata de un tirón de que todo aquello ha pasado y seguimos bajando en un tobogán que no parece terminar de descender.

Se indigna César Miguel porque ya El Universal no es lo que era.

Como también se indigna porque un cartón de huevos costaba en octubre de 2013 alrededor de 120 bolívares, y resulta que el mismo César Miguel puede comprobar en el mercado al que vaya que hoy cuesta diez o quince veces más. Porque hay que decirlo: pudiendo irse, este periodista continúa diciendo su editorial desde el estudio de la emisora que queda en La Castellana, en Caracas. Que él mismo tuvo que atravesar las “guarimbas”, tragarse sus lacrimógenas en 2014, sortear los campamentos para llegar a su trabajo. Lo que recogen las páginas de País de Salida no es un cuento que él escucha desde Miami o Madrid. Es un día a día que ha padecido aquí, en primera persona.

En las páginas de esta antología de editoriales destaca el dolor ante la violencia y el lector lee –y cree escuchar– la furia y la impotencia de quien al menos tiene un micrófono para decir verdades en voz alta –aunque nadie haga nada por mejorar la situación–: los niños que crecerán sin una buena alimentación, los asesinatos de Mónica Spear, de Robert Serra y de Kluibert Roa, o el caso de un alcalde de Táchira que agrede con un pollo congelado a un anciano de 80 años.

Y él mismo hace la salvedad que antes de irse a imprenta agregó los editoriales “El curriculum del chofer”  y “Una pequeña historia”: “Lo hice porque, contra mi voluntad, me tocan de manera directa, y porque causaron tal revuelo que se volvieron virales en las redes sociales”.

El primero es la anécdota del taxista que lo llevó a Valencia en una ocasión, quien resultó ser Doctor en Humanidades y que gana más haciendo carreras que siendo docente universitario. El segundo es un relato autobiográfico de sus padres exiliados en México por la represión vivida en Venezuela por un gobierno militar. “Ambos textos dicen mucho de la miseria –espiritual y económica, política y social– en la que hoy vivimos los venezolanos”, explica.

Leer en orden o en desorden, como guste, País de Salida le dejará seguramente un sabor amargo de realidad, aunque con el agradecimiento al autor de tomarse la molestia de armarnos una suerte de bitácora de lo que ha ocurrido estos tres años en el país. “He decidido subtitular el libro ‘Bitácora de la debacle’. Creo que es justo: una debacle es lo que se narra en estas páginas”, dice en la introducción. Y concluye: “Mi modesta intención es que ustedes, los dueños del país por el que se ha navegado a contracorriente y sin sentido, tomen las previsiones necesarias para que jamás semejante despropósito, trágico y miserable, nos vuelva a ocurrir”.

Su palabra vaya adelante, don César.

(Publicado en El Nacional, 29 de enero 2016)

http://www.el-nacional.com/papel_literario/iPais-Salidai-bitacora-tobogan_0_784121627.html

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Tendencias, gurúes y pollo al horno

Hay temas que se ponen de moda en Venezuela. Más que temas, “tendencias”. Y la gente empieza a girar en torno a ellas hasta casi rendirles culto. Un día serán los libros, otro día será la ecología, gastronomía, autoayuda. Cualquier cosa. Entonces se empiezan a hacer conversatorios, foros, peñas –como se les llame según las “tendencias”— para que los gurúes hablen a los simples mortales de esos temas de “culto”. Gratis o pagando, el ciudadano puede ir y sentarse a escuchar la disertación de los que saben. Triste, sin embargo, es darse cuenta de que esos que se supone que saben tratan a los mortales como ignorantes. Mucha de esa gente que va a sentarse a escuchar a los tales gurúes suele tener información más valiosa y precisa de la que aquellos manejan, pero no tienen renombre. Los “sabios” –no todos, claro está– van sin un esquema, sin un apunte. Le ponen un nombre rimbombante a la charla y ahí cabe todo lo que a ellos les pasa por la cabeza, sin orden ni concierto. En menos de cuatro meses he sabido de dos o tres casos de personajes emblemáticos de la cultura venezolana que se paran frente a un público y en vez de disertar, divagan. Como tienen un nombre reconocido creen que lo que digan estará bien para justificar la asistencia de ese público que espera recibir sabiduría y sale con más decepciones que respuestas. Algunos intelectuales perciben a los demás así: no saben, cualquier cosa que les diga estará bien. Pero el respeto por la persona, por su tiempo, por su dinero… es anecdótico. En cambio, no deja de conmoverme y sorprenderme la sabiduría de gente sencilla que se ha fraguado en su propia forja, estudiando por su cuenta, en línea, haciendo mapas mentales, escribiendo, enseñando a otros, adquiriendo un oficio. Esos que si los pusieran en un estrado nos enseñarían tantas cosas, pero no tienen donde decirlas. Resumo el cuento así: fui a una charla sobre gastronomía y me decepcionó. Volví a casa y en la cocina, recién horneado, un pollo me esperaba. ¿Qué le puso a eso?, pregunté. Me habló de dos ingredientes y un poco de cariño. La charla la pagué, el pollo no.

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El sentido de lo que hacemos

“Vosotros dáis sentido a lo que nosotros hacemos”. La frase la dijo Leire Martínez en el accidentado concierto en Caracas de La Oreja de Van Gogh, y no ha dejado de resonar en mi mente durante dos semanas, mientras pienso en el sentido de hacer arte, de ese deseo ancestral del arte no solo de expresar lo que el creador lleva dentro, sino de enriquecer el alma de quienes lo contemplan.

No dejará de ser fascinante para un artista escuchar cómo miles de personas reunidas sólo para verlo cantan sus canciones a todo pulmón. O para el que expone en una galería constatar que entra y sale gente que se planta frente a su trabajo de meses o años para contemplarlo. Ese es su aplauso. Y así para cada manifestación artística. En realidad los premios-premios serían un cheque sin fondo sin ese aplauso del público ante la obra bien hecha. Y el público, como dijo Leire aquella noche de lluvia, sonido descompuesto y el “unplugged” de la Policía de Chacao, le da sentido a esas noches de composición, a las muchas horas de ensayo, a los múltiples borradores de los pintores, al archivo nuevo que espera el tecleo del escritor…

Pero cada uno es artista a su modo. Cada tarea diaria tiene su arte y el artista –sí uno mismo, el artista– debe darle sentido a aquello haciéndolo bien. Siempre habrá un “público” de nuestro trabajo diario. Ese, aunque no aplauda, seguro que agradece esa labor hecha con sentido. Unos le dan un sentido práctico, la remuneración. Otros por altruismo. Otros por un sentido más trascendente: Dios. Lo importante es que lo que hacemos tenga sentido, como lo hizo esa noche de jueves La Oreja de Van Gogh, como lo hizo Cabré con el Ávila, como lo hizo Reverón con Macuto, como lo hizo Cervantes con el Quijote. Como lo hace cada día mi desocupado lector haciendo bien lo que hace.

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Leonor de Aquitania, una señora gobernante

Me cayó en las manos un libro que quizás jamás habría comprado: Leonor de Aquitania de Regine Pernoud. En este país de repúblicas –ya llevamos cinco, dicen– leer sobre las monarquías es, por lo menos, raro. Una de mis compañeras de escritorio, de esa gente que se vuelve familia de uno y te espeta las cosas en la cara, me preguntó si había podido vivir hasta ahora sin saber que Leonor era la mamá de Ricardo Corazón de León y que al pobre lo mataron malamente antes de dejar descendencia.

Pues sí, había vivido hasta ahora sin saberlo. Pero ahora estoy contenta de saberlo. No sólo eso. Me contenta saber que hay tantas historias en la historia.

Leonor vivió largas ocho décadas y desde sus prístinos “teens” se lanzó a la aventura de gobernar los reinos de Francia e Inglaterra, sin abandonar su poderío sobre Aquitania. Las cortes, lo bello, la poesía, los juglares… todo eso que uno se imagina de los reyes, ella lo vivió a plenitud. La madurez, que a algunos sí les llega, la fue llevando a enlazar lo mejor que pudo los destinos de Europa y, sin duda, a ella se le debe buena parte de la historia –quizás las malas partes también– de ese continente que aunque algunos no quieran, ha decidido un gran período del decurso de las vidas del planeta, pues fue madre y abuela de reyes y príncipes que la sucedieron. Por lo menos dentro de su descendencia se cuenta a Luis IX, conocido en las alturas como San Luis, rey de Francia. No es mal fruto el de la reina, si a ver vamos.

La Edad Media, tan mal dibujada por muchos con lápices oscuros, está vista en este libro como una época con sus sombras, sí, pero también con las luces de toda época. Leí que su autora se dedicó 40 años a desentrañar la historia medieval para hacer entender lo bueno que tuvo e igualmente, destacar la grandeza de esta mujer, que –sin feminismos a ultranza y sí muy femenina y muy mujer– hizo lo que tenía que hacer dada su condición real.

Son costumbres, son modos de ser, son modos de gobernar que nos parecen anacrónicos, pasados de moda, retardatarios… pero –imagínenlo por un momento– si les dijéramos que hoy en día el pueblo elige a sus gobernantes a aquellos les podría dar un infarto allí mismo. Son épocas. Y la historia no se cambia. El presente es lo único que podemos modificar.

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Un reencuentro con el Cumpleañero

Y aquí estamos, otra Navidad esperando al Niño Dios. Ese pequeño ante quien se postraron los grandes Reyes Magos y los sencillos pastores de Belén. Encumbrados y humildes doblan la rodilla para adorar al Salvador del mundo, lo que aún continúa pasando cada vez que el sacerdote eleva el Cuerpo y la Sangre de Cristo en cada misa. Ahí está el Redentor que nació en humilde cuna, como dice el aguinaldo. En cada misa.

Pero la gente olvida eso. La gente va a misa sólo cuando se le muere alguien. En Navidad les parece que encontrarán al Niño Jesús en un centro comercial y van enloquecidos a comprar “el Niño Jesús”. Qué duda cabe que son buenos tiempos para el obsequio a los seres queridos, pero enloquecer por los regalos es una actitud que ya está rayando en lo enfermizo.

Por eso me gusta este año la cuña de Movistar en la que la gente cambia unos SMS por un abrazo, un toque el Facebook por un encuentro personal, unos tuits por una conversación. En la Navidad hay que ir al encuentro. El mejor regalo que se puede hacer al Cumpleañero es volver al reencuentro, a la escucha atenta, a guardar el celular un rato y comer con sosiego con los nuestros. Y a verlo a Él mismo allá en su cunita, en el templo.

Seguramente también será un buen regalo para nosotros mismos reencontrarnos con nuestros afectos.

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¿Qué haces?

Estos días de vacaciones muchos niños van hasta mi escritorio y me preguntan: “¿Qué haces?” En una redacción, la mayoría teclea, manda, obedece, habla por teléfono, corre… Pero en mi caso apenas si toco el teclado, apenas si recibo llamadas y apenas si me dan órdenes. Es un trabajo silencioso (en la medida de lo imposible, en una redacción), es un trabajo de aprobación, es un trabajo de lustrador.

La explicación que doy a mis bajitos visitantes es: “Yo leo lo que me entregan, luego se lo doy al diseñador y luego sale publicado en el periódico”. Fácil y rápida la explicación. Quizás para muchos –incluso colegas periodistas– es un trabajo que se puede obviar. Corregir un texto es algo rápido.

Sin embargo, cuando tengo la ocasión de leer el periódico como lector, echo en falta la presencia del editor o corrector de textos. Se nota cuando un texto no fue releído por su autor, pero más aún cuando un tercero le echó una leída final y le sugiere algún cambio. Algunos piensan que sólo se trata de cambiar comas, pero no han leído –por ejemplo—sobre lo que ocurre tras “vestidores” en un concurso o sobre las heridas que se “infringieron” y otras barbaridades de las cuales prefiero no acordarme, pero que guardo en un archivo secreto para certificar cómo se hace el escondido trabajo de editor.

Labor de lustrador, labor de sacar brillo a textos que son buenos y pueden dar más. Cambiar “marrón” por “sepia”, cambiar “que se ve a lo lejos” por “lontananza”. Cambiar para mejorar, o no tocar el teclado. Lo importante es la lectura, sosegada, en silencio. Y un buen laurel para un buen escritor.

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La Sagrada Familia espera en el pesebre

¿Te has puesto a pensar cómo fue la noche de la Navidad? Uno puede imaginarse a José preocupadísimo con la Virgen María montada en un burrito buscando dónde pasar la noche. No había lugar para ellos en las posadas. ¡Qué susto, parece que hoy mismo podría dar a luz a su bebé! “¿Cómo haremos?”, pensaría san José. Era valiente. Sabía que Dios no los dejaría solos.
Él no estaba pendiente de él mismo, sino de su esposa y ella de su bebecito que era nada menos que el Hijo de Dios, que venía al mundo para ayudarnos a ser mejores. No son egoístas, cada uno está pensando en los demás. Así debemos ser nosotros, como la Sagrada Familia.
Aunque quizás nuestra familia es más grande o más pequeña, la familia del Niño Jesús siempre será un ejemplo para nosotros. Por eso, cuando armamos nuestro pequeño pesebre recordamos cómo fue aquella noche de la primera Navidad y nos proponemos seguir su ejemplo.

En un rinconcito. Hacer pesebres es una tradición viejísima. La empezó san Francisco de Asís, en Italia, en el siglo XIII –hace como 700 años–. Luego se popularizó en España y de allí pasó a América. El belén nos recuerda el mensaje de humildad y paz que trajo Jesús al mundo, la noche de aquella primera Navidad.
¿Pero qué quiere decir esta palabra? “Navidad” es sinónimo de “nacimiento”. Sin embargo, hay gente que piensa que significa “comprar regalos y hacer fiestas”, pero no saben por qué compran regalos ni qué celebran. Los regalos representan el gesto que tuvieron los Reyes Magos y los pastores cuando le ofrecieron obsequios al Niño Dios. ¿Qué le iremos a regalar este año al pequeño Rey?

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Cine vacacional

Nada mejor que las vacaciones para reecontrarse con el buen cine. Pero más me sorprende cómo puede hacer feliz una buena película a uno o a su familia. Nunca había oído tantas risas en la sala de mi casa desde hace tiempo como cuando vimos El Gran Dictador, de Chaplin. Disfruté de sus sonrisas cuando vimos El Principito, el musical. Lloraban de la risa cuando se sentaron a ver La Quimera de Oro. Y así. El cine es una vacación. Las películas se vuelven a ver y recobran las luces de la primera vez con la experiencia que nos han dado los años. Ayer, por ejemplo, vi Bernardo y Bianca. Recordé nuestra ida al cine a finales de los setenta. Todos chiquitos. Mi mamá disfrutaba de Evinrude y, ayer, aunque casi no me acordaba de la trama, la sonrisa de mi madre volvió a iluminar mi casa.

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